Archivo por meses: abril 2020

MOMENTOS.

Por Mayra Gris de Luna.

Lo mejor que una persona puede expresarle a otra en una ocasión especial son felicidades. «Felicidades» dice en las tarjetas y pasteles de cumpleaños y hasta en los globos de una fiesta. ¿Por qué no decimos «felicidad»?

Porque la felicidad es una colección de momentos. Estos momentos son como los brillitos de un barniz de uñas que pintan nuestra vida y la hacen relucir. Es parte de la vida tener felicidades, «tristecidades» y hasta calamidades.

Podemos echarle brillantina a nuestros días. Destellos de felicidad, rayitos de luz. Creo que a veces tenemos que hacer una pausa para observarlos. Están ahí y luego no los vemos.

Yo me puse a pensar en el «glitter» de mi cuarentena; y encontré felicidad en medio de la tristecidad. Te comparto solo algunos de mis momentos que brillan:

Un cafecito en la mañana, el ronroneo de mis gato cuando lo acaricio, la sonrisa de mis hijos, el beso de mi esposo porque le gustó la comida, sentir el sol cuando salgo a tender la ropa, la frescura después del baño, escuchar a Dafne decir «te amo tía», ver que el pasto se pone verde cuando lo riego, reírme de los memes, y muchas cosas así, que por cierto no se pueden comprar, que están ahí como bendiciones titilantes que solo se pueden ver cuando se tiene un corazón agradecido.

¿Qué tal si te sientas un ratito a enlistar los momentos que le dan luz a tu día? Me encantaría saber qué es lo que te hace feliz.

Yo, de corazón te deseo ¡muchas felicidades!

TORMENTA.

Por Mayra Gris De Luna.

¿Has estado en medio de una tormenta? La primera vez que escuché el retumbar de los truenos, parecía que el cielo estaba enojado y enviaba sus rayos para desahogar su ira. Había «norte» en Veracruz. Morábamos en el segundo piso y las olas del mar ya inundaban el primer escalón de las escaleras. Parecía que nada podría estar peor, pero sí… se fue la luz. Sentí que era la noche de una película de terror. Afortunadamente estaba mamá. Y su abrazo. Y su voz.

Yo tenía como 6 años, tal vez menos. Recuerdo muy bien que mamá dijo: -Pues vamos a orar. Tú pídele a Dios que ya venga la luz y se acabe la lluvia. Mamá siempre me decía que Dios escuchaba las oraciones, en especial las de los niños. Hoy creo que ella estaba tan convencida de ello, que me ponía a mi a orar cuando yo tenía miedo o estaba enferma.

Recuerdo que estábamos sentadas en la cama, nos tomamos de las manos y empecé a orar. Terminé mi oración «en el nombre de Jesús, Amén» y en ese momento, justamente al abrir los ojos ¡vino la luz! Fue tal nuestra sorpresa que empezamos a reír de gusto. Estaba convencida de que Dios había escuchado mi oración y había querido responderla haciendo que la luz nos iluminara de nuevo.

Hoy agradezco que mi mamá inculcara en mi la certeza de que Dios me escucha. Porque nunca dudo que lo haga. Estoy consciente de que a veces Su respuesta no es lo que me gustaría. Se que mis peticiones no modificarán los planes que Dios tiene para el mundo, pero estoy convencida de que El puede cambiar mi mundo.

Estamos en una tormenta llamada «coronavirus». Por hoy estoy a salvo en mi hogar, pero allá afuera hay terror y oscuridad para muchas personas. Pareciera que mi oración es demasiado insignificante como para modificar lo que está predestinado para el mundo. Pero yo de todos modos oro. Porque se que El me escucha. Solo por eso. Porque estoy muy segura de ello. Porque lo puedo sentir junto a mi así como sentía los brazos de mi mamá. Se que no lo veo pero está conmigo. Y eso me consuela, pero de todas formas mi corazón se duele. Porque muchos se sienten solos en medio de su enfermedad, sufrimiento o necesidad. Quisiera que sintieran ese abrazo. Que las palabras del salmo que dicen “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque Tu estas conmigo” pueden ser reales en sus vidas.

Sigamos orando, pronto la luz se encenderá y la tormenta terminará.

Si eres mamá, abuela o maestra, siembra en el corazón y en la mente de tus hijos, nietos o alumnos, la convicción de que Dios siempre escucha nuestra oración… en especial la de los niños.

TESOROS.

Por Mayra Gris de Luna.

   -«Aquí es donde le echan la sal al mar» me dijo mi abuelo con tono travieso mientras mirábamos las maquinas y montones de tierra cubriendo la playa. Yo, siendo muy pequeña, no sabía si creerle o no; ya conocía ése tono bromista de “Don Jesús”. Alrededor del año de 1972, la escuela náutica situada cerca de la casa estaba siendo ampliada, y le quitaron un pedacito a la costa. En verdad pensé con tristeza, que estaban «tapando» el mar.

Así como los niños creen en Santa Claus o los Reyes Magos, yo creía en el mar. –«El mar es bueno» pensaba yo cuando muy de mañana íbamos al playón a recoger conchitas. Las había jaspeadas, con «pringüitas» marrón y también caracolitos. Mis favoritas eran las conchitas más blancas y chiquititas. Las echaba en un botecito de lata. –“me las trajo el mar” decía yo. Eran mis tesoros… tesoros de niña.

   Me sabía de memoria lo que había en los anaqueles de cada local de las artesanías cercanas al malecón. Mi abuelo hacía jabón de coco y cuando entregaba su producto, cual buen negociante, charlaba amena y largamente con cada propietario. Mientras, yo miraba los recuerditos: el llavero, las cocadas, el café y los tamarindos. Una mujer ya nace con su femineidad y su coquetería. Mi imaginación volaba cuando miraba fascinada los abanicos, los alhajeros, las bolsas de palma y las peinetas de carey. Me imaginaba a mi misma como una mujer en plenitud peinándome el cabello, poniéndome mi peineta y saliendo de paseo con mi bolsa a caminar por el malecón.

Yo iba creciendo. No vivíamos en el puerto pero íbamos con frecuencia. El recorrido de tradición culminaba en los locales de artesanías. Como siempre, yo miraba las cosas de carey; había escuchado que todo eso era muy costoso. Ya en la secundaria, un día mi mamá me preguntó: -¿quieres algo? Pensé que no me lo comprarían pero me arriesgué y pedí un par de peinetas de carey. Aún recuerdo la sensación que me producía prenderlas a cada lado de mi cabello como lo había soñado siempre. Me sentía muy bien con mis tesoros… tesoros de jovencita.

   Cuando cumplí 15 años yo no quise un vestido esponjado ni una gran fiesta, pero si tuve un lindo vestido largo en color rosa y una discreta celebración. Recibí algunos regalos de mis familiares. Entre ellos un anillo de ópalo naranja, un perfume “Charlie” y un reloj despertador. Uno de los regalos que más atesoré fue el que me dió ya te imaginarás quien. Si, mi abuelo. Un alhajero de caracoles en forma de corazón de aquellos que venden en las artesanías que yo miraba en Veracruz. Era bello, lo abría y podía mirarme en un espejito que traía por dentro de la tapa. Ahí guardaba mi anillo, una cadena con la plaquita que nos dieron cuando vacunaron contra la rabia a mi perro Nicky y un dije que me regaló mi mamá. Eran entonces mis tesoros… tesoros de mujercita..

   A mi grupo de escuela le correspondió interpretar el baile de “El Colás”. El maestro de danza nos enseñó a mover el abanico. Hay que saberlo portar y rodearlo con estilo. El abanico no solo alivia el calor, también expresa el candor de una mujer con su movimiento sesgado acompañado de la mirada que conquista al son del arpa y la jarana. Cada abanico es una pieza de arte. Los hay de colores y diseños diferentes. Empecé a coleccionarlos. En cada viaje a Veracruz me compraba uno y me di cuenta que es un excelente regalo para una amistad. Aprendí a valorarlos al llegar a cierta edad. He notado que a algunas mujeres les avergüenza tener que sacar el abanico para aliviar el bochorno. A mi no. Yo lo saco con orgullo, presumiendo el que llevo al color de mi vestido. Y lo abro así, como nos enseñó el maestro, con arte, venteándolo con movimientos cortos. Y me siento una jarocha o una danzonera en plena pista de baile. Los guardo en una caja, la caja de mis tesoros… tesoros de una mujer plena.

     Yo Siempre saludo al mar cuando lo veo y me despido de él diciéndole que no se si lo volveré a ver. Lo he hecho tantas veces, que mis hijas lo aprendieron, y ahora me siento afortunada cuando las oigo decir: -¡Hola Mar!

Ignoro lo que qué el destino me depare.  Atesoraría tener nietos y llevarlos a la playa a recoger conchitas.

Hoy mas que nunca, en época de pandemias y cuarentenas, la humanidad está aprendiendo a valorar las cosas simples: la salud, la familia, la libertad y el aire puro, esos… los tesoros del mundo.

Escrito por Mayra Gris de Luna. Abril, 2020.

Dedicado afectuosamente a los miembros del grupo de Facebook “Veracrúz a travéz del tiempo”.