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CAMINANDO POR EL VALLE.

Por Mayra Gris.

– Padre ¿Dónde estamos? Esta niebla no me permite ver con claridad.

No quiero soltarme de tu mano.

Está obscuro. Padre… ¿Qué es esto?

– Es el valle. Respondió el Padre con voz profunda y tranquila.

– ¿es… ese valle? ¿El valle de sombra de muerte? Mira en este lado, muchos enferman y están muriendo. ¡Tengo miedo papá!

– No temas, yo estoy contigo.

– No quiero mirar al otro lado, hay gente perversa, ellos obran de continuo al mal. ¡No quiero que me vean! Hazme invisible papá.

Acércate mas a mi. Refúgiate en el hueco de mis alas. No te dejaré ni te desampararé.

– Cúbreme papito. Aquí si puedo sentirte cerca. En tus brazos estaré seguro. Háblame mas fuerte, quiero escuchar tu voz mas claro, la tierra tiembla y retumban los volcanes, a veces no puedo escucharte.

– Hey ¿Confías en mi? ¿Alguna vez te he dejado solo? Te he hecho tantas promesas, te he demostrado mi amor de innumerables formas. En mi mano están tus tiempos. Mírame a los ojos, yo te había dicho que todo esto pasaría. ¿Recuerdas lo que te dije?

– Si ya recuerdo, dijiste… dijiste que eran señales. Que cuando viera esto levantara la cabeza. Padre ¿y que sigue después del valle?

Cosas grandes y ocultas que tu no conoces. Cosas que ojo no vio, ni oído ha escuchado. Verás todo lo que yo he preparado para los que me aman… ¿me amas?

“Caminando por el valle” Por Mayra Gris De Luna. ©

Durante la pandemia del Coronavirus, 2020

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¿Quién tiene el trono y la corona?

Por Mayra Gris De Luna.©

El Autocuidado es una de las lecciones más importantes que estamos aprendiendo como humanidad quienes vivimos la pandemia por el SARS-COV2.

A finales del año 2019, un nuevo virus letal del tipo coronavirus empezó a enfermar a personas. El virus se identifica como SARS-COV2 por sus siglas en inglés: «Severe Acute Respiratory Syndrome» traducido como coronavirus del síndrome respiratorio agudo grave. La enfermedad se llama coronavirus-19 o COVID-19, para abreviar. Es por ello que escuchamos que le llaman “la” COVID. Es “la” enfermedad que ha sometido al mundo, el virus con corona que parece reinar sobre la humanidad. Nuestra vida práctica se ha tornado “coronacéntrica”. Ésta realidad nos ha forzado a calcular nuestras decisiones, movimientos y acciones en base a la letalidad del virus que pareciera tener sometidas nuestras vidas desde su trono. Nos preguntamos por qué Dios ha permitido tal situación. La fe de muchos flaquea cuando las oraciones de las personas pareciera que no fueron suficientes para librarlas de la muerte.

Vamos aprendiendo poco a poco que éste tipo de virus es implacable con los ancianos, los asmáticos y los enfermos crónicos de las enfermedades respiratorias. Es como si a éste grupo de riesgo les hubiera salido el mensaje fatal en su galleta de la suerte. Pero hay otros grupos de personas, quienes pagaremos caro el haber descuidado tanto nuestra salud con sobrepeso e hipertensión. Por otro lado están los saludables y los jóvenes que cometieron algún error higiénico caminando por las calles, en el supermercado o el camión. Los casos que mas se lamentan y entristecen: los de médicos, enfermeras y cuidadores de enfermos. Los héroes que han dado su vida cumpliendo con su vocación.

He comprendido que Dios quiere que yo tome la responsabilidad de mi cuidado personal. Es la parte que me toca. Hay otra parte que no puedo controlar, esa la dejaré a Dios.
Ahora mi “óptica” de la enfermedad ha cambiado y ha tomado un nuevo sentido para mi. Yo lo leo así:

C uidado
O pcional de la
V ida que
I ncluye
D isciplina.

S oy
A uto
R esponsable
S obre mi
C uidado.
O bservar mi
V ida es cosa de
2 (Dios y yo).

Nunca como hoy, las consecuencias de nuestras decisiones han sido tan evidentes y contundentes.
Hay que tomar decisiones importantes como cuidar nuestra alimentación, peso, presión arterial y alergias. También decisiones que parecieran simples como lavarnos las manos constantemente, no tocarnos la cara, usar cubrebocas y ponernos gel. Son decisiones opcionales, que requieren disciplina y que vale la pena tomar: es la parte que nos toca para salvaguardar nuestra vida. La otra parte, depende de Dios, el que está sentado en el trono. La corona todavía le pertenece.

Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.
Apocalipsis 5:13

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TORMENTA.

Por Mayra Gris De Luna.

¿Has estado en medio de una tormenta? La primera vez que escuché el retumbar de los truenos, parecía que el cielo estaba enojado y enviaba sus rayos para desahogar su ira. Había «norte» en Veracruz. Morábamos en el segundo piso y las olas del mar ya inundaban el primer escalón de las escaleras. Parecía que nada podría estar peor, pero sí… se fue la luz. Sentí que era la noche de una película de terror. Afortunadamente estaba mamá. Y su abrazo. Y su voz.

Yo tenía como 6 años, tal vez menos. Recuerdo muy bien que mamá dijo: -Pues vamos a orar. Tú pídele a Dios que ya venga la luz y se acabe la lluvia. Mamá siempre me decía que Dios escuchaba las oraciones, en especial las de los niños. Hoy creo que ella estaba tan convencida de ello, que me ponía a mi a orar cuando yo tenía miedo o estaba enferma.

Recuerdo que estábamos sentadas en la cama, nos tomamos de las manos y empecé a orar. Terminé mi oración «en el nombre de Jesús, Amén» y en ese momento, justamente al abrir los ojos ¡vino la luz! Fue tal nuestra sorpresa que empezamos a reír de gusto. Estaba convencida de que Dios había escuchado mi oración y había querido responderla haciendo que la luz nos iluminara de nuevo.

Hoy agradezco que mi mamá inculcara en mi la certeza de que Dios me escucha. Porque nunca dudo que lo haga. Estoy consciente de que a veces Su respuesta no es lo que me gustaría. Se que mis peticiones no modificarán los planes que Dios tiene para el mundo, pero estoy convencida de que El puede cambiar mi mundo.

Estamos en una tormenta llamada «coronavirus». Por hoy estoy a salvo en mi hogar, pero allá afuera hay terror y oscuridad para muchas personas. Pareciera que mi oración es demasiado insignificante como para modificar lo que está predestinado para el mundo. Pero yo de todos modos oro. Porque se que El me escucha. Solo por eso. Porque estoy muy segura de ello. Porque lo puedo sentir junto a mi así como sentía los brazos de mi mamá. Se que no lo veo pero está conmigo. Y eso me consuela, pero de todas formas mi corazón se duele. Porque muchos se sienten solos en medio de su enfermedad, sufrimiento o necesidad. Quisiera que sintieran ese abrazo. Que las palabras del salmo que dicen “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque Tu estas conmigo” pueden ser reales en sus vidas.

Sigamos orando, pronto la luz se encenderá y la tormenta terminará.

Si eres mamá, abuela o maestra, siembra en el corazón y en la mente de tus hijos, nietos o alumnos, la convicción de que Dios siempre escucha nuestra oración… en especial la de los niños.