SÉ COMO EL “AMARANTO”.

alegria

Por Mayra Gris de Luna.

De niña mi mamá solía comprarnos unos cuadritos de cereal muy ricos que conocíamos como “alegrías”. Todavía los venden, también en forma de círculo o a granel. Su sabor es dulce y crujiente y se le considera uno de los más nutritivos dulces típicos mexicanos. Se elabora con amaranto, que es  una planta que se cultiva en México desde la época prehispánica. Era tan importante como el maíz y el frijol. Se consumía como cereal, y la producción del grano estuvo en su máximo apogeo durante los períodos maya y azteca. La situación cambió cuando llegaron los españoles que prohibieron su cultivo y su consumo por considerarla “pagana”. Casi lograron erradicarla. Algunos estudiosos sostienen que se trató de una estrategia militar para mantener a la población débil y conquistarla más fácilmente, pues el amaranto era un alimento de guerreros.

La palabra “amaranto” significa “planta que no se marchita”. Las flores del amaranto después de cortadas duran mucho tiempo y no pierden el color, asumen un aspecto más bonito que cuando están vivas, razón por la cual era utilizada antiguamente para adornar las tumbas y simbolizaba la inmortalidad.  Escuché el santoral en la radio el día en que se festejaba a las personas que llevaran el nombre de “Amaranto” o “Amaranta”, que como nombre significa “el que no decae”. Me quedé pensando en su significado. Hay personas que experimentamos altas y bajas emocionales en nuestro fervor espiritual, en nuestra productividad o en nuestra energía. Siempre estamos luchando por no decaer. Quisiéramos ir siempre en línea ascendente o por lo menos conservar siempre la estabilidad y el equilibrio. Quisiéramos ser “el que no decae”;  quisiéramos  ser siempre “alegría”.

Existen varios factores que nos pueden quitar nuestra estabilidad y nuestra alegría. Podemos clasificarlas dentro de tres aspectos: las cosas, las circunstancias y las personas. Si lo permitimos, estos tres ladrones del gozo nos pueden hacer decaer.

Cosas. A María se le  hace tarde para un compromiso importante, pero no encuentra las llaves de su auto. Las busca por todas partes pero la manecilla del reloj avanza con rapidez. Ella se pone nerviosa, se enoja  pensando que alguna persona las cambió de lugar, o pudo haberlas tomado. Se enoja aún consigo misma por no haberlas dejado en su lugar. Sube, baja, va y viene con todo y sus zapatillas sonando por toda la casa. Quiere llorar de frustración pero se aguanta para no arruinar su maquillaje.  Casi sin percatarse, ha perdido la calma, la alegría y el bienestar. Un objeto robó su gozo.

Circunstancias. En la fila de “aclaraciones” del banco, José toma su turno para aclarar su estado de cuenta. La fila es larga y el tiempo pasa excediendo su límite de paciencia. Empieza a desesperarse y observa que los que atienden están platicando y la fila avanza muy lentamente. Después de una hora, nota que una persona que acaba de llegar entra para preguntar algo y empiezan a atenderle antes que a él. En pocos segundos, su propósito de no perder la paciencia se esfuma. Está enojado. Las circunstancias le robaron su gozo.

Personas. Le han diagnosticado cáncer al papá de María. La noticia es demasiado fuerte para ella. No sabe qué es más difícil, si ver el sufrimiento de su padre, o saber que pronto morirá. Cada día que pasa, ella siente como una carga, una pena moral que la desgasta. Una persona le ha hecho decaer.

Todos estamos expuestos a éste tipo de situaciones. Pero podemos escoger nuestras batallas. Cuando detectamos la pérdida del equilibrio, ayuda mucho analizar qué es lo que lo provoca. ¿Será un objeto, una situación o una persona?

Podemos decidir que un objeto como unas llaves no va a tener potestad sobre nosotros. Podemos analizar qué circunstancias deben ser importantes para nosotros y cuales son hechos pasajeros sin trascendencia por los que no vale la pena alterarse. Habrá tiempos difíciles también. Los relacionados con la gente que amamos. Es cuando necesitamos la fortaleza del Consolador.

El Salmo 7:1 dice: “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará”. Nuestras raíces deben estar bien afianzadas a Aquel que es el agua viva. Una mente nutrida diariamente con la palabra de Dios puede ser fuerte y estar entrenada para enfrentar la adversidad. Sólo la ayuda sobrenatural de Dios puede lograr que tu fe y tu ánimo nunca decaigan. Podemos defender nuestro gozo. Esperando  en Dios podemos recibir nuevas fuerzas, volar con poder como el águila y aún correr sin fatigarnos.

¡Que podamos ser como la flor de amaranto, que no se marchita, que nunca decae y aún con el paso del tiempo, luce en todo su esplendor!

Pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas;

volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán,

    caminarán y no se cansarán.

Isaías 40:31 (NVI)

 BELLA FLOR