MIS PALABRAS “MÁGICAS”.

 

Por Mayra Gris de Luna.

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

Hebreos 4:12

Intranquilidad, sospecha, inquietud, temor, miedo, fobia, pánico, terror… diferentes niveles de la misma emoción…temor en sus diversas modalidades… y las he sentido todas.

¿Recuerdas tus primeros miedos?

¿Los míos? Muchos…

Miedos de niña…

Aún siento la mirada de aquella araña moviendo sus largas patas justo en el techo arriba de mi cama, los perros callejeros ladrando cerca de la puerta de la tienda. Recuerdo que mi abuelita me llevó al cine a ver una película de “Las momias de Guanajuato” y yo terminé escondida debajo del asiento. Días más tarde, rumbo a Guadalajara, pasamos un par de días a Guanajuato y ¡oh no!, mis papás deciden visitar el museo de las momias. Aquella noche en el hotel ha sido una de las más largas…

Miedos de joven…

Juventud, el divino tesoro lleno de vida, energía, ilusión, valentía, vigor… será por eso que no recuerdo temores. Uno siente que tiene al mundo en las manos.

Pero, ya recuerdo… tenía 18 años… en una camilla rumbo a la sala de operaciones cuando me quitaron las amígdalas, mis piernas empezaron a temblar. Me percato de ello y trato de controlar el movimiento pero no puedo, parece que el darme cuenta de ello hace que temblara más… instintivamente empiezo en mi mente a repetir las palabras del Salmo 23: “Jehová es mi pastor… nada me faltará…” llegamos al quirófano, y todavía me da tiempo de observar a los lados las bandejas con instrumental, grandes pinzas de varias formas y tamaños hacen que me percate de nuevo del temblorcito… así que continúo: “aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque Tú estás conmigo…”

Miedos de mujer…

Disfrutando mi Baby Shower de mi primera bebé, compartí con las demás mujeres mi alegría y gratitud por el embarazo y también el temor que me infundía pensar en el momento del parto. Una sabia mujer, mi amiga Janis Bears, a quien respeto y quiero mucho compartió conmigo las palabras del Salmo 56:3

“En el día que temo, yo en Ti confío”.

En los días siguientes, cada vez que sentía temor, repetía: “en el día que temo, yo en Ti confío”, y el resultado parecía mágico, el temor se fue tornando en confianza.

Sin confianza no hay gozo y sin gozo no hay paz.

Así fue como el Salmo 56:3 se convirtió en mi “Bibidi Babidi Bú” * . Como una  varita mágica, al momento de pronunciar las palabras,  penetraban en mi alma, en mi espíritu, en mis coyunturas y mis huesos, hasta inundar mis pensamientos de paz.

Y ya sé que cuando la paz llega a habitar en nuestra mente no llega sola. Trae un invitado inseparable: el gozo; y como el  “Ábrete Sésamo” *  abría las puertas de un lugar mágico y secreto lleno de riquezas; el gozo,  la paz y el amor se van multiplicando como un halo de chispas brillantes, en paciencia, benignidad, fe, mansedumbre, y templanza, llenando mi mente, mi corazón, mi ser entero, mi vida, y hasta mi casa.

¿Magía? No.  Es la obra del Espíritu Santo, el Consolador que mora en nosotros, quien produce el fruto.

No es magia, sino algo más extraordinario y sobrenatural el hecho de que la Palabra de Dios es viva, no son sólo palabras. No es un conjuro. Es la palabra de Dios. Santa e inspirada. Poderosa y eficaz.

Casi no podía recordar temores de mi juventud, pero ahora podría hacer una larga lista de los que rondan mi mente a veces.

Temor a la enfermedad, a la soledad, a la incapacidad física, a la vejez, a la falta de provisión, al porvenir de mis hijas, al dolor, a la muerte…

Así como Mary Poppins cantaba “Supercalifragilisticoespialidoso” * y el panorama lucía mejor y más divertido, yo repito mi Salmo 56:3 y en un abrir y cerrar de ojos, como “Mi bella genio” *, el temor simplemente… ¡se va!

EN EL DIA QUE TEMO YO EN TI CONFIO

¡HOLA MAR!

Cada vez que mi mirada se posa sobre el mar por primera vez al llegar a alguna playa, casi sin pensarlo exclamo: -“¡Hola Mar!”. Mi mamá siempre saludaba al mar, así que creo que es algo que simplemente aprendí de ella.

El Mar es “alguien” tan amado y especial para mí, a quien disfruto ver sin cansarme.

Para mi es casi como un ser. Un ser inmenso, bello, cambiante. A veces azul intenso, que es cuando me gusta más. A veces apacible y claro. Algunas pocas he sentido como si estuviera enojado y me provoca respeto y temor.

De muy pequeña caminé muchas veces a la orilla del mar de la mano de mi abuelo. Todavía recuerdo una ocasión, cerca de la casa de la playa, en que estaban realizando una construcción sobre el agua cerca de la orilla y había muchas máquinas y mi abuelo, quien gozaba de un exquisito sentido del humor, me dijo: “- Mira, ahí es donde le echan la sal al mar”. Y yo, le creí.

Con mi mamá pasé interminables horas recogiendo conchitas en la orilla de la playa. Las recogíamos “hasta que nos cansábamos”. Todavía cuando mis hijas estaban pequeñas podíamos recogerlas si nos levantábamos temprano. Durante la noche, las olas nos las dejaban. Algunas grises, otras jaspeadas. También caracoles de mil formas y tamaños diferentes que luego pintábamos y decorábamos.

Hoy me levanté temprano y caminé por la orilla del mar… ya no hay mas conchitas. Había un pez grande, muerto.

Al Mar le platico mis cosas, y creo que le he escuchado susurrarme nuevos planes y le confío mis nuevas metas.

Es tan inmenso y poderoso, que parece que percibiera a Dios en el. Tal vez es lo más parecido a Dios que conozco. Tan profundo y rico. Abundante. Incontrolable. El mar es vida. Cubre la tierra y está en todas partes. Me cohíbe su grandeza pero lo amo. Sólo quien le conoce y le confía puede abandonarse y flotar, simplemente dejándose llevar por el oleaje. Lo mismo pasa con Dios. Solo cuando uno le conoce profundamente, puedes equilibrar ese temor saludable, con la confianza de quien sabes no te traicionará. Y es entonces cuando disfrutas plácidamente el paseo por la vida, libre de temor, a donde El te lleve.

No solo el mar me hace pensar en Dios. También me hace pensar en la vida misma. Algunas veces, la vida nos trae cosas hermosas como las conchitas y los caracoles. Pero también, algunas otras, nos deja “aguas malas” o “peces muertos”. Pero aún así, la podemos disfrutar, y vivir la experiencia inolvidable, como unos días en la playa.

Cuando me voy, siempre me despido del mar también. Nunca sé cuándo me reencontraré con él, ni en donde. Pero siempre albergo la esperanza de regresar a platicarle lo que ha pasado y compartirle nuevos planes. Y si algún día yo no vuelvo, se que así como a mí me lo enseñó mi mamá, mis hijas regresarán a saludarle.