AMOR QUE NO ABANDONA.

AMOR QUE NO ABANDONA

Por Mayra Gris de Luna.

Nos casamos en el mes de Abril. Veintiún años han pasado desde que mi esposo y yo hicimos un pacto. El pacto del matrimonio. Pronunciamos votos que son promesas. Promesas de fidelidad, de cuidado, de amor, de lealtad, de compromiso. Las hemos guardado hasta hoy. Y no porque los años pasen son menos importantes y no porque los años pasen las vamos a olvidar. Es bueno recordar que hicimos un pacto. Que firmamos un contrato legal. Que las promesas no sólo nos las hicimos nosotros. Las hicimos a Dios. Un Dios de pactos.

El matrimonio tiene diferentes sabores. A veces es exquisito y dulce. Otras es agrio. Hay momentos amargos y a veces hay momentos simples. Por supuesto que hay sabores que no nos agradan tanto. Pero así como en un banquete, para disfrutar del postre es necesario pasar por diferentes tiempos; saboreamos más la calma, después de la tempestad.

Matrimonio: Promesa eternaEn un tiempo en que la sociedad se ve afectada por tantos divorcios, es necesario que los matrimonios nos afiancemos de La Roca.  

Es importante que nos tomémos fuertemente de la mano de nuestro Dios, quien a su vez ha cumplido Su promesa de no abandonarnos no sólo porque El es fiel, sino porque nos ama.

Aprendamos de tal amor que se entregó hasta la muerte; de ese amor que cubre multitud de faltas: el amor que no abandona.

Amemos así a nuestra pareja. Abandonar no es una opción.

Comparto una porción de un escrito de Max Lucado, un escrito que no por ser bello deja de ser una fuerte exhortación para cumplir nuestra promesa matrimonial.

“Notable. Dios hizo un pacto con el hombre. Una y otra vez, Dios ha honrado ese pacto:

Cuando los hijos de Israel se quejaron en la esclavitud, Dios no los dejó.

Cuando después de haberlos liberado, ellos querían regresar a Egipto, Él no los dejó.

Cuando hicieron un becerro de oro y lo adoraron, Dios no los dejó.

Cuando su rey, el rey David adulteró, mintió, engañó, y cometió asesinato, Dios no abandonó a su pueblo tampoco.

Cuando los propios amigos de Jesús se quedaron dormidos mientras él agonizaba en oración en Getsemaní, Él no los abandonó.

Cuando uno de sus seguidores le dio el beso de la traición en su mejilla, Él no se fué.

Cuando un soldado romano hirió su espalda con el látigo hasta sangrarla, Jesús soportó, Jesús no se fué.

Cuando experimentó el quebranto del dolor en todo su cuerpo, Jesús no se fué.

Cuando regresó de la tumba después de haber resucitado  y encontró a sus apóstoles acurrucados juntos en medio de el miedo, Él no los dejó.

Esa es la clase de Dios que servimos.

Un Dios de pacto.

Es por eso que las promesas del pacto son importantes para Dios.

Dios cree que una promesa  es un pacto para ser honrado.

Como Hijos de Dios, guardar pactos es nuestra herencia.

Una herencia que nos llama a ser fieles, un ejemplo que nos obliga a guardar nuestra promesa y nuestro pacto no sólo a Dios, sino a nuestro cónyuge.

Si tu matrimonio necesita reconstrucción, tienes un Dios que te insta a invocarlo para ayudarte a reconstruir tu hogar.

Uno de los últimos mensajes que mi padre me dio fue garabateado en un trozo de papel mientras yacía en su cama de hospital: “Max, sé fiel a tu esposa”.

Tenemos una tradición de fidelidad.

No hay ninguna razón más para ser fiel a tu cónyuge que para honrar al Dios que ha sido fiel a ti”.

Hace veintiun años!
Gracias amor porque hasta hoy has permanecido a mi lado, fiel a tu promesa.
Te amo.

Poema de Máx Lucado traducido y adaptado por Mayra Gris de Luna.

Obtenido de “Dark Country of Divorce”

¿LO PROMETES?

TE LO JURO!

Por César Lozano

“¡Te lo juro!” 
“Por ésta… (haciendo una cruz con el dedo índice y pulgar) que fue verdad”
“En serio, ¡te lo prometo!”

Cada día descubro a más personas que tienen que jurar una y otra vez para convencer sobre su verdad y estoy seguro que tiene su porqué. Niños y adultos que intentan convencer que lo que cuentan fue realidad o que lo que les piden hacer, ahora si lo van a realizar.

Quien no duda de lo que dice, no tiene necesidad de prometer o jurar. Independientemente de las cuestiones religiosas que nos dicen que no debemos de jurar el nombre de Dios en vano, considero que el hábito de tener que utilizar esta estrategia para convencer se convierte en algo verdaderamente desgastante.

En su momento, yo mismo lo hacía, y un día descubrí que empecé a hacerlo por imitación.  Un amigo lo hacía frecuentemente y yo empecé a imitar tan pésimo hábito.

Por supuesto que existen otras razones por las cuales juramos una y otra vez:

  1. Por mentiras descubiertas o encubiertas que celosamente guardamos y no deseamos que salgan a la luz.
  2. Por antecedentes de irresponsabilidad en las que se nos solicita algo y no se hizo y, por lo tanto, se duda de tu futura acción.
  3. Por la inseguridad que sentimos al convencer sobre un hecho. No estamos cien por ciento seguros de que sea verdad lo que decimos, pero no deseamos que se dude de nuestra palabra.
  4. Porque alguien nos pide que juremos o prometamos lo que decimos, ya que quien lo solicita tiene un historial de haber tratado con personas que utilizan la mentira como estilo de vida.
  5. Porque mucha gente lo hace para convencer y ven que funciona.

Por supuesto que pueden  existir más razones, pero considero que las anteriormente descritas son las más comunes.

Hace unos días Oprah Winfrey entrevistó a Lance Armstrong. El deportista que sorprendió al mundo por sus múltiples hazañas en mundo del ciclismo.

El ex-ciclista admitió que si se dopó durante las siete ediciones del Tour de Francia que disputó y ganó. Armstrong,  dijo que entre las sustancias que utilizó estuvieron el EPO, la cortisona, la hormona masculina llamada testosterona e incluso se realizó transfusiones de sangre para mejorar su condición física. Todo lo anterior, prohibido y penado duramente por el mundo del ciclismo.

Todo un ejemplo a seguir, millones de personas aplaudieron el éxito que tuvo después de ser sobreviviente de cáncer. Un ícono cuando se hablaba de personas dignas de admirarse y, al descubrirse esta terrible mentira, todo se vino abajo.

Durante la entrevista, la conductora mostró videos de años pasados en los que Armstrong negaba el uso de drogas.  A lo que él cínicamente contestó:  “Tu y yo sabemos que la fama engrandece lo que realmente eres.  Reconozco que viví una gran mentira”.

En una ocasión, Amstrong fue acusado de dopaje y él acudió a los tribunales para entablar una demanda por difamación, obviamente anteponiendo su palabra y juramento y ganó, por lo cual obtuvo adicionalmente otra cantidad considerable de dinero a costa de la mentira.

Me impactó la entrevista realizada por Oprah y más cuando con una sonrisa dijo que no hubiera podido ganar el Tour de Francia siete veces sin haberse dopado.

¿Qué sentirá su familia? ¿Qué sentirán los ciclistas que quedaron en segundo, tercero o cuarto lugar en competencias donde él salió victorioso a costa de la trampa y la mentira?

Me hace reflexionar cuántas veces caemos en este juego donde por ganar o salirnos con la nuestra podemos mentir e inclusive jurar para que se crea en “nuestra verdad”.

El fin nunca justifica los medios. La mejor estrategia es la prudencia al hablar y al actuar. Recordar que la mentira es falta de honestidad y cobra facturas caras.  Difícil, mas no imposible aplicar la verdad en todo lo que hacemos.

Con gusto comparto algunas de las estrategias que recomiendo.

  1. Hacer el firme propósito de hablar con la verdad, por más dolorosa que sea. Cuando nos proponemos algo y lo hacemos de corazón hay más posibilidades de lograrlo.
  2. Vale más una verdad sutil que una mentira piadosa. Es mejor decir la verdad aunque duela, pero de una forma mesurada, buscando la forma más suave o amorosa para expresar tus sentimientos.
  3. Evita repetir una y otra vez que tu argumento es verdad. Evita jurar, prometer o dar la palabra porque entre más lo hagas más se duda de ti.
  4. En caso de que se ponga en duda tu verdad, solo di así fue y ya. Evita la tentación de querer convencer a toda costa. A veces el silencio posterior es la mejor estrategia.
  5. Cuando tus argumentos sean destruidos injustamente, es bueno terminar la conversación diciendo: lo que digo es la verdad. Te recuerdo este dicho popular: “A explicación no pedida acusación manifiesta”.

Cuando le leí este artículo a uno de mis colaboradores de la radio, me dijo: “¡le juro doctor, que yo nunca juro!” ¡Sopas!

Que tu verdad sea tu bandera por la honestidad que te respalda.

¡Ánimo!
Hasta la próxima.