TESOROS.

Por Mayra Gris de Luna.

   -«Aquí es donde le echan la sal al mar» me dijo mi abuelo con tono travieso mientras mirábamos las maquinas y montones de tierra cubriendo la playa. Yo, siendo muy pequeña, no sabía si creerle o no; ya conocía ése tono bromista de “Don Jesús”. Alrededor del año de 1972, la escuela náutica situada cerca de la casa estaba siendo ampliada, y le quitaron un pedacito a la costa. En verdad pensé con tristeza, que estaban «tapando» el mar.

Así como los niños creen en Santa Claus o los Reyes Magos, yo creía en el mar. –«El mar es bueno» pensaba yo cuando muy de mañana íbamos al playón a recoger conchitas. Las había jaspeadas, con «pringüitas» marrón y también caracolitos. Mis favoritas eran las conchitas más blancas y chiquititas. Las echaba en un botecito de lata. –“me las trajo el mar” decía yo. Eran mis tesoros… tesoros de niña.

   Me sabía de memoria lo que había en los anaqueles de cada local de las artesanías cercanas al malecón. Mi abuelo hacía jabón de coco y cuando entregaba su producto, cual buen negociante, charlaba amena y largamente con cada propietario. Mientras, yo miraba los recuerditos: el llavero, las cocadas, el café y los tamarindos. Una mujer ya nace con su femineidad y su coquetería. Mi imaginación volaba cuando miraba fascinada los abanicos, los alhajeros, las bolsas de palma y las peinetas de carey. Me imaginaba a mi misma como una mujer en plenitud peinándome el cabello, poniéndome mi peineta y saliendo de paseo con mi bolsa a caminar por el malecón.

Yo iba creciendo. No vivíamos en el puerto pero íbamos con frecuencia. El recorrido de tradición culminaba en los locales de artesanías. Como siempre, yo miraba las cosas de carey; había escuchado que todo eso era muy costoso. Ya en la secundaria, un día mi mamá me preguntó: -¿quieres algo? Pensé que no me lo comprarían pero me arriesgué y pedí un par de peinetas de carey. Aún recuerdo la sensación que me producía prenderlas a cada lado de mi cabello como lo había soñado siempre. Me sentía muy bien con mis tesoros… tesoros de jovencita.

   Cuando cumplí 15 años yo no quise un vestido esponjado ni una gran fiesta, pero si tuve un lindo vestido largo en color rosa y una discreta celebración. Recibí algunos regalos de mis familiares. Entre ellos un anillo de ópalo naranja, un perfume “Charlie” y un reloj despertador. Uno de los regalos que más atesoré fue el que me dió ya te imaginarás quien. Si, mi abuelo. Un alhajero de caracoles en forma de corazón de aquellos que venden en las artesanías que yo miraba en Veracruz. Era bello, lo abría y podía mirarme en un espejito que traía por dentro de la tapa. Ahí guardaba mi anillo, una cadena con la plaquita que nos dieron cuando vacunaron contra la rabia a mi perro Nicky y un dije que me regaló mi mamá. Eran entonces mis tesoros… tesoros de mujercita..

   A mi grupo de escuela le correspondió interpretar el baile de “El Colás”. El maestro de danza nos enseñó a mover el abanico. Hay que saberlo portar y rodearlo con estilo. El abanico no solo alivia el calor, también expresa el candor de una mujer con su movimiento sesgado acompañado de la mirada que conquista al son del arpa y la jarana. Cada abanico es una pieza de arte. Los hay de colores y diseños diferentes. Empecé a coleccionarlos. En cada viaje a Veracruz me compraba uno y me di cuenta que es un excelente regalo para una amistad. Aprendí a valorarlos al llegar a cierta edad. He notado que a algunas mujeres les avergüenza tener que sacar el abanico para aliviar el bochorno. A mi no. Yo lo saco con orgullo, presumiendo el que llevo al color de mi vestido. Y lo abro así, como nos enseñó el maestro, con arte, venteándolo con movimientos cortos. Y me siento una jarocha o una danzonera en plena pista de baile. Los guardo en una caja, la caja de mis tesoros… tesoros de una mujer plena.

     Yo Siempre saludo al mar cuando lo veo y me despido de él diciéndole que no se si lo volveré a ver. Lo he hecho tantas veces, que mis hijas lo aprendieron, y ahora me siento afortunada cuando las oigo decir: -¡Hola Mar!

Ignoro lo que qué el destino me depare.  Atesoraría tener nietos y llevarlos a la playa a recoger conchitas.

Hoy mas que nunca, en época de pandemias y cuarentenas, la humanidad está aprendiendo a valorar las cosas simples: la salud, la familia, la libertad y el aire puro, esos… los tesoros del mundo.

Escrito por Mayra Gris de Luna. Abril, 2020.

Dedicado afectuosamente a los miembros del grupo de Facebook “Veracrúz a travéz del tiempo”.

EL NIÑO QUE MIRABA EL MAR.

Por Mayra Gris de Luna.

Iba caminando de la mano de mamá. Mirábamos el mar paseando por el malecón. Recuerdo las olas golpeando las lanchitas de los pescadores en el muelle, el museo y acuario al que podíamos entrar gratuitamente  casi todos los días. Todavía estaba pequeña como para ir a la escuela, así que pasábamos largas temporadas con mi abuelo en Veracruz.  Yo ya sabía en donde encontrar unos frascos con algo precioso adentro: diminutos caballitos de mar disecados. Para mi eran fantasía. Afuera del museo,  a veces se podía ver algún delfín o hasta un tiburón en una pequeña pileta. Las palmeras, los cocos, la brisa con “olor a mar”, las gaviotas y el mar azul me hacían feliz.

De regreso a casa, pasamos por una casa grande, con las ventanas abiertas de par en par, y entonces lo vi: un niño al que identifiqué inmediatamente “como de mi edad”. Tendría unos 4 años, pero lo recuerdo. Me emocioné cuando instintivamente pensé:

-¡ alguien con quien jugar! ¿Podríamos ser amigos?…

Mamá lo notó inmediatamente, y no alentó mis expectativas: era un niño con algún tipo de enfermedad mental. No podía coordinar sus movimientos, mas tarde comprendí que era el tipo de padecimiento que hace que esas personas puedan incluso ser un peligro para otras, y por lo tanto deben estar aisladas. Sentí tristeza y pena por el. Cada vez que pasábamos por esa casa, me fijaba si estaba el niño. Siempre estaba. En un segundo piso, siempre solo, con la ventana abierta de par en par. Sentado sobre su cama miraba hacia el mar… todo el tiempo.

Yo vivía en otra ciudad, pero cada vez que regresaba a la playa y pasábamos por esas calles, volteaba hacia esa casa y ahí estaba él. Creciendo a la par mío.

Se convirtió en adolescente. Yo lo olvidaba por años, pero en cada vacación, voltear hacia su ventana se convirtió en un hábito para mi. Siempre pensaba en lo extraño que era el hecho de que él ni siquiera estuviera enterado de mi existencia.

Me casé, y cuando pasamos por ahí le mostré a mi esposo al joven frente a su ventana abierta de par en par  y mirando al mar. Ya en esos tiempos casi me dolía el corazón al pensar en todo lo que yo había vivido desde la última vez que había estado ahí. Días de escuela, tardes de cine, veranos de campamentos… en fin, una vida plena y cada día de ellos, el «niño» había estado ahí, frente a la ventana y mirando al mar. Era un pensamiento perturbador.

Hace poco, mi esposo y mis dos hijas, ya señoritas, pasamos por allí. Discretamente y en silencio, desde el automóvil pude ver la casa frente al mar. Remodelada y con la ventana cerrada. Supuse que debido a su enfermedad y falta de movimiento, posiblemente «el niño» había muerto.

Cuan afortunada  y  agradecida me siento por la vida que Dios me ha dado. Espero que «el niño», en su inocencia no se haya dado cuenta de sus limitaciones. Por lo menos podía ver la inmensidad del mar y  sentir la brisa. Eso es hermoso.

Ya no existe el museo, mi mamá tampoco está. Pero siempre que pase por aquellas calles, recordaré lo que fue caminar de la mano de mi mamá  y voltearé hacia esa ventana buscando al «niño que miraba siempre el mar».

AVENTURAS EN EL SÓTANO.

Por Mayra Gris de Luna.

Habíamos llegado la noche anterior a vivir a habitar una casa amueblada en Alemania,  un país nuevo para mí.  Antes de irse al trabajo mi esposo comentó: – «Ah, por cierto, si necesitas lavar, la lavadora está en el sótano». Mi mente quedó «atrapada» con esa palabra: S Ó T A N O… en un segundo vinieron a mi mente escenas de las películas en las que el sótano era el lugar misterioso, oscuro, polvoriento, donde podías encontrar una momia viviente, el mapa del tesoro, o donde podías quedar practicamente «sepultado en vida» porque nadie se dió cuenta de que te quedaste encerrado ahí.

Estuve «posponiendo» el momento de bajar  hasta que fué absolutamente necesario, lo cual no llevó mucho tiempo, teniendo una bebé de tres meses. Aprovechando el tiempo de su siesta, me abrigué bien. Mi esposo me había comentado que ahí no había calefacción. Afuera estaba nevado, mas o menos a menos cuatro grados centígrados. Tomé la tina con la ropa, y me dirigí hacia la puerta que daba al sótano. Respiré hondo, giré la manija… oscuridad completa. Busqué nerviosamente el interruptor de la luz, un foco como de 60 watts iluminó débilmente una larga escalera, un descanso, y más escalones. No era un solo salón, rápidamente me dí cuenta al ver la distribución de varios cuartos, que era una réplica subterránea del piso de arriba. Dejando las luces encendidas de todos los lugares por donde yo iba pasando, iba revisando en cada cuarto buscando la famosa lavadora. En los cuartos había muebles, muchas cajas, y cuando por fin encontré el cuarto de lavado, mi corazón casi se me sale no por la emoción de haber encontrado la lavadora, sino porque para entrar tenía que pasar al lado de una araña que medía aproximadamente 6 cm. Recordé que ahí la gente acostumbra no matar a las arañas porque las considera inofensivas y porque ellas acaban con otros insectos que no lo son. Así que por el momento decidí dejarla ahí y sudando frío, solo pasé a un lado, orando para que no se me echara encima. Traté de entender lo más rápido que podía el funcionamiento de la lavadora pues me daba pendiente que la bebé despertara. La última parte de la bajadas al sótano era ir apagando las luces, algo con lo que nunca me llegué a sentir cómoda.

En la siguiente oportunidad, como toda mujer curiosa, fuí a ver las cajas que había. Me dí cuenta que la mayoría eran las cajas originales de los objetos de la decoración de la casa y de los aparatos electrodomésticos que usábamos. Ahí aprendí qué util resulta esto cuando tienes que mudarte de casa. No hay nada mejor que empacar las cosas en sus cajas originales. Lo mismo para guardar las cosas de Navidad.

También había un par de enormes congeladores. En ese momento no imaginaba las innumerables ocasiones que yo tendría que bajar al sótano no solo para el lavado, sino para sacar comestibles de éstos congeladores. El paquete mas pequeño de pollo, por ejemplo, era de 5 kgs. así que era necesario empaquetar porciones mas pequeñas para ir consumiendolas. Además uno no puede salir «a la tiendita de la esquina» cada vez que algo se ofrece cuando la temperatura afuera es tan extremadamente fría que las calles se convierten en verdaderas «pistas de patinaje».

Cuando mi hija tenía como nueve meses, recordé un carrito de madera que había visto en el sótano aquellos primeros días. Lo subí, lo limpié, le puse un colchoncito y senté ahí a mi nena con algunos de sus peluches favoritos. ¡Sus ojos chispeaban de gusto! Ya era verano y por las tardes salíamos con el carrito a dar la vuelta a la manzana.

Ella iba creciendo y cuando ya se podía afianzar con sus manitas, le gustaba que le hiciera más rápido cada vez, hasta que yo prácticamente iba corriendo jalando el carrito. ¡Cuánto nos reímos con ese carrito! Cuando finalmente pudo caminar, ella empujaba el carrito.

Llegó el invierno otra vez, y con él: la nieve. Mi niña tenía un año tres meses, mi mamá nos visitaba. Iríamos a la montaña. Entonces recordé haber visto un pequeño trineo en el sótano. Lo subí y lo llevamos. Empezamos jalando a mi niña, y estaba encantada. Todo era nuevo para nosotros. Mamá era tan alegre y juguetona, que se subió ella en el trineo y mi esposo la jalaba en una pequeña montañita. Fuimos tomando turnos entonces. ¡Es una de las cosas mas divertidas que hemos hecho! Y fué uno de los días mas especiales de mi vida. Vi a mi mamá jugar como niña en la nieve, tirarse acostada sobre ella y hacer muñecos. Mamá murió unos años después por lo que atesoro esos hermosos recuerdos.

Cuando tuvimos que dejar aquella casa, tomé la videocámara grabando el sótano desde su entrada. Pero ésta vez fué diferente, al ver la lavadora recordé los mamelucos que lavé ahí. El estante con el carrito de madera y el trineo quedaría allí esperando la llegada de otros niños y de alguna otra mamá curiosa, para darles momentos de alegría como los que vivimos nosotros.

Lo que aprendí fué que si no enfrentamos nuestros temores, podemos perdernos de grandes y enriquecedoras experiencias en la vida. Guardando las respectivas proporciones de los retos que las personas podemos enfrentar en la vida, estoy segura que las recompensas pueden ser enormes en relación a nuestros miedos.

«Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía ni temor,  sino de poder, de amor y de dominio propio» 2 Timoteo 1:7

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«La curiosidad es importante»

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