TORMENTA.

Por Mayra Gris De Luna.

¿Has estado en medio de una tormenta? La primera vez que escuché el retumbar de los truenos, parecía que el cielo estaba enojado y enviaba sus rayos para desahogar su ira. Había «norte» en Veracruz. Morábamos en el segundo piso y las olas del mar ya inundaban el primer escalón de las escaleras. Parecía que nada podría estar peor, pero sí… se fue la luz. Sentí que era la noche de una película de terror. Afortunadamente estaba mamá. Y su abrazo. Y su voz.

Yo tenía como 6 años, tal vez menos. Recuerdo muy bien que mamá dijo: -Pues vamos a orar. Tú pídele a Dios que ya venga la luz y se acabe la lluvia. Mamá siempre me decía que Dios escuchaba las oraciones, en especial las de los niños. Hoy creo que ella estaba tan convencida de ello, que me ponía a mi a orar cuando yo tenía miedo o estaba enferma.

Recuerdo que estábamos sentadas en la cama, nos tomamos de las manos y empecé a orar. Terminé mi oración «en el nombre de Jesús, Amén» y en ese momento, justamente al abrir los ojos ¡vino la luz! Fue tal nuestra sorpresa que empezamos a reír de gusto. Estaba convencida de que Dios había escuchado mi oración y había querido responderla haciendo que la luz nos iluminara de nuevo.

Hoy agradezco que mi mamá inculcara en mi la certeza de que Dios me escucha. Porque nunca dudo que lo haga. Estoy consciente de que a veces Su respuesta no es lo que me gustaría. Se que mis peticiones no modificarán los planes que Dios tiene para el mundo, pero estoy convencida de que El puede cambiar mi mundo.

Estamos en una tormenta llamada «coronavirus». Por hoy estoy a salvo en mi hogar, pero allá afuera hay terror y oscuridad para muchas personas. Pareciera que mi oración es demasiado insignificante como para modificar lo que está predestinado para el mundo. Pero yo de todos modos oro. Porque se que El me escucha. Solo por eso. Porque estoy muy segura de ello. Porque lo puedo sentir junto a mi así como sentía los brazos de mi mamá. Se que no lo veo pero está conmigo. Y eso me consuela, pero de todas formas mi corazón se duele. Porque muchos se sienten solos en medio de su enfermedad, sufrimiento o necesidad. Quisiera que sintieran ese abrazo. Que las palabras del salmo que dicen “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque Tu estas conmigo” pueden ser reales en sus vidas.

Sigamos orando, pronto la luz se encenderá y la tormenta terminará.

Si eres mamá, abuela o maestra, siembra en el corazón y en la mente de tus hijos, nietos o alumnos, la convicción de que Dios siempre escucha nuestra oración… en especial la de los niños.

TESOROS.

Por Mayra Gris de Luna.

   -«Aquí es donde le echan la sal al mar» me dijo mi abuelo con tono travieso mientras mirábamos las maquinas y montones de tierra cubriendo la playa. Yo, siendo muy pequeña, no sabía si creerle o no; ya conocía ése tono bromista de “Don Jesús”. Alrededor del año de 1972, la escuela náutica situada cerca de la casa estaba siendo ampliada, y le quitaron un pedacito a la costa. En verdad pensé con tristeza, que estaban «tapando» el mar.

Así como los niños creen en Santa Claus o los Reyes Magos, yo creía en el mar. –«El mar es bueno» pensaba yo cuando muy de mañana íbamos al playón a recoger conchitas. Las había jaspeadas, con «pringüitas» marrón y también caracolitos. Mis favoritas eran las conchitas más blancas y chiquititas. Las echaba en un botecito de lata. –“me las trajo el mar” decía yo. Eran mis tesoros… tesoros de niña.

   Me sabía de memoria lo que había en los anaqueles de cada local de las artesanías cercanas al malecón. Mi abuelo hacía jabón de coco y cuando entregaba su producto, cual buen negociante, charlaba amena y largamente con cada propietario. Mientras, yo miraba los recuerditos: el llavero, las cocadas, el café y los tamarindos. Una mujer ya nace con su femineidad y su coquetería. Mi imaginación volaba cuando miraba fascinada los abanicos, los alhajeros, las bolsas de palma y las peinetas de carey. Me imaginaba a mi misma como una mujer en plenitud peinándome el cabello, poniéndome mi peineta y saliendo de paseo con mi bolsa a caminar por el malecón.

Yo iba creciendo. No vivíamos en el puerto pero íbamos con frecuencia. El recorrido de tradición culminaba en los locales de artesanías. Como siempre, yo miraba las cosas de carey; había escuchado que todo eso era muy costoso. Ya en la secundaria, un día mi mamá me preguntó: -¿quieres algo? Pensé que no me lo comprarían pero me arriesgué y pedí un par de peinetas de carey. Aún recuerdo la sensación que me producía prenderlas a cada lado de mi cabello como lo había soñado siempre. Me sentía muy bien con mis tesoros… tesoros de jovencita.

   Cuando cumplí 15 años yo no quise un vestido esponjado ni una gran fiesta, pero si tuve un lindo vestido largo en color rosa y una discreta celebración. Recibí algunos regalos de mis familiares. Entre ellos un anillo de ópalo naranja, un perfume “Charlie” y un reloj despertador. Uno de los regalos que más atesoré fue el que me dió ya te imaginarás quien. Si, mi abuelo. Un alhajero de caracoles en forma de corazón de aquellos que venden en las artesanías que yo miraba en Veracruz. Era bello, lo abría y podía mirarme en un espejito que traía por dentro de la tapa. Ahí guardaba mi anillo, una cadena con la plaquita que nos dieron cuando vacunaron contra la rabia a mi perro Nicky y un dije que me regaló mi mamá. Eran entonces mis tesoros… tesoros de mujercita..

   A mi grupo de escuela le correspondió interpretar el baile de “El Colás”. El maestro de danza nos enseñó a mover el abanico. Hay que saberlo portar y rodearlo con estilo. El abanico no solo alivia el calor, también expresa el candor de una mujer con su movimiento sesgado acompañado de la mirada que conquista al son del arpa y la jarana. Cada abanico es una pieza de arte. Los hay de colores y diseños diferentes. Empecé a coleccionarlos. En cada viaje a Veracruz me compraba uno y me di cuenta que es un excelente regalo para una amistad. Aprendí a valorarlos al llegar a cierta edad. He notado que a algunas mujeres les avergüenza tener que sacar el abanico para aliviar el bochorno. A mi no. Yo lo saco con orgullo, presumiendo el que llevo al color de mi vestido. Y lo abro así, como nos enseñó el maestro, con arte, venteándolo con movimientos cortos. Y me siento una jarocha o una danzonera en plena pista de baile. Los guardo en una caja, la caja de mis tesoros… tesoros de una mujer plena.

     Yo Siempre saludo al mar cuando lo veo y me despido de él diciéndole que no se si lo volveré a ver. Lo he hecho tantas veces, que mis hijas lo aprendieron, y ahora me siento afortunada cuando las oigo decir: -¡Hola Mar!

Ignoro lo que qué el destino me depare.  Atesoraría tener nietos y llevarlos a la playa a recoger conchitas.

Hoy mas que nunca, en época de pandemias y cuarentenas, la humanidad está aprendiendo a valorar las cosas simples: la salud, la familia, la libertad y el aire puro, esos… los tesoros del mundo.

Escrito por Mayra Gris de Luna. Abril, 2020.

Dedicado afectuosamente a los miembros del grupo de Facebook “Veracrúz a travéz del tiempo”.

EL NIÑO QUE MIRABA EL MAR.

Por Mayra Gris de Luna.

Iba caminando de la mano de mamá. Mirábamos el mar paseando por el malecón. Recuerdo las olas golpeando las lanchitas de los pescadores en el muelle, el museo y acuario al que podíamos entrar gratuitamente  casi todos los días. Todavía estaba pequeña como para ir a la escuela, así que pasábamos largas temporadas con mi abuelo en Veracruz.  Yo ya sabía en donde encontrar unos frascos con algo precioso adentro: diminutos caballitos de mar disecados. Para mi eran fantasía. Afuera del museo,  a veces se podía ver algún delfín o hasta un tiburón en una pequeña pileta. Las palmeras, los cocos, la brisa con “olor a mar”, las gaviotas y el mar azul me hacían feliz.

De regreso a casa, pasamos por una casa grande, con las ventanas abiertas de par en par, y entonces lo vi: un niño al que identifiqué inmediatamente “como de mi edad”. Tendría unos 4 años, pero lo recuerdo. Me emocioné cuando instintivamente pensé:

-¡ alguien con quien jugar! ¿Podríamos ser amigos?…

Mamá lo notó inmediatamente, y no alentó mis expectativas: era un niño con algún tipo de enfermedad mental. No podía coordinar sus movimientos, mas tarde comprendí que era el tipo de padecimiento que hace que esas personas puedan incluso ser un peligro para otras, y por lo tanto deben estar aisladas. Sentí tristeza y pena por el. Cada vez que pasábamos por esa casa, me fijaba si estaba el niño. Siempre estaba. En un segundo piso, siempre solo, con la ventana abierta de par en par. Sentado sobre su cama miraba hacia el mar… todo el tiempo.

Yo vivía en otra ciudad, pero cada vez que regresaba a la playa y pasábamos por esas calles, volteaba hacia esa casa y ahí estaba él. Creciendo a la par mío.

Se convirtió en adolescente. Yo lo olvidaba por años, pero en cada vacación, voltear hacia su ventana se convirtió en un hábito para mi. Siempre pensaba en lo extraño que era el hecho de que él ni siquiera estuviera enterado de mi existencia.

Me casé, y cuando pasamos por ahí le mostré a mi esposo al joven frente a su ventana abierta de par en par  y mirando al mar. Ya en esos tiempos casi me dolía el corazón al pensar en todo lo que yo había vivido desde la última vez que había estado ahí. Días de escuela, tardes de cine, veranos de campamentos… en fin, una vida plena y cada día de ellos, el «niño» había estado ahí, frente a la ventana y mirando al mar. Era un pensamiento perturbador.

Hace poco, mi esposo y mis dos hijas, ya señoritas, pasamos por allí. Discretamente y en silencio, desde el automóvil pude ver la casa frente al mar. Remodelada y con la ventana cerrada. Supuse que debido a su enfermedad y falta de movimiento, posiblemente «el niño» había muerto.

Cuan afortunada  y  agradecida me siento por la vida que Dios me ha dado. Espero que «el niño», en su inocencia no se haya dado cuenta de sus limitaciones. Por lo menos podía ver la inmensidad del mar y  sentir la brisa. Eso es hermoso.

Ya no existe el museo, mi mamá tampoco está. Pero siempre que pase por aquellas calles, recordaré lo que fue caminar de la mano de mi mamá  y voltearé hacia esa ventana buscando al «niño que miraba siempre el mar».

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«NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA»

Por Mayra Gris de Luna.

Si nos acercamos mucho a un telar, podremos ver muy de cerca las puntadas y el color de los hilos, pero para apreciar la figura que se está tejiendo tendremos que alejarnos un poco.

Algo parecido ocurre en mi vida, cuando en mi presente no puedo entender por qué pasan las cosas, pero al transcurrir del tiempo, y mirar hacia atrás, veo con claridad la obra de Dios en mi vida.

Quiero platicarte una de mis vivencias para que cuando te ocurra algo que no es agradable o que no entiendes por qué el Señor permite que te pase, recuerdes lo que dice Romanos 8:28a:

«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien».

Por razones del trabajo de mi esposo, estuvimos una temporada en Barcelona. Uno de esos días fuimos a conocer la Villa Olímpica y caminamos a la orilla de la playa. Estacionamos el carro enfrente de un gran letrero con una letra «E» de «Estacionamiento».

Cuando terminamos nuestro paseo y regresamos, encontramos el letrero, pero no nuestro carro. Primero pensamos que tal vez nos habíamos equivocado de lugar y lo buscamos a lo largo de la calle, pero nada. Empezamos a pensar en la posibilidad de que nos lo hubieran robado.

Estábamos ahí parados cuando llegó un señor que tenía un puesto de revistas en la esquina y nos había estado observando. Nos dijo que nos habíamos estacionado en un lugar prohibido. Vimos bien y debajo de la «E» había unas letras pequeñas que decían en catalán: «sólo para médicos del Hospital del Mar». Volteamos hacia enfrente y ahí estaba el gran «Hospital del Mar».

El señor nos dijo que se habían llevado el carro a la delegación de Tránsito, y que seguramente habrían dejado un papel pegado al piso con la notificación y los datos. Efectivamente, había un papel amarillo con la información. Buscamos el lugar, pagamos la multa y recuperamos el carro. No fue nada agradable el tiempo perdido en eso ni pagar la multa, pero nos sentimos agradecidos porque el carro no había sido robado.

Días después, fuimos a caminar a las Ramblas, y entramos a un estacionamiento. Con una bebé de 6 meses, bajamos la carriola, la pañalera, la bolsa, la cámara, las chamarras, y bueno, nos hacíamos bolas con tanta cosa. Así que cuando bajé a la bebé y la puse en la carriola olvidé abrocharle el cinturón de la carriola. Siempre tenía cuidado de abrochar el cinturón de seguridad de la carriola porque mi bebé era muy inquieta, pero así como una «ley de Murphy», solo bastaron unos segundos de descuido para que la bebé se cayera de la carriola y se pegara en la cabeza con el piso de cemento. La bebé empezó a llorar. El golpe si había sido fuerte y pronto le empezó a salir un moretón. Nosotros estábamos tan asustados que sólo recuerdo que el señor del estacionamiento nos dijo: -«lo indicado es que la lleven al «Hospital del Mar», ¿saben donde está?» ¡qué si sabíamos! ¡sabíamos hasta donde uno no debe estacionarse si va al Hospital del Mar!

Llevamos a la bebé ahí, resultó ser un muy buen hospital, nos atendieron de maravilla, le sacaron radiografía de la cabeza a la bebé y la tuvieron un tiempo en observación. Las enfermeras le llamaban «Muñequita piel canela».(De ahí el nombre del blog PIEL CANELA). La bebé recibió la atención oportuna, y nosotros regresamos tranquilos al hotel.

Ahora que miro hacia atras ésta experiencia, agradezco a Dios porque siempre ha puesto personas cerca que nos ayudan. También porque El se encargó de que supiéramos con exactitud dónde estaba el Hospital del Mar para cuando lo necesitáramos.

Creo que Dios tiene cuidado de nosotros y que nada ocurre sin que El lo permita.

Detalles como ese han fortalecido mi convicción de que aún cuando nos ocurran cosas que no son tan agradables, Dios las usará para nuestro bien.

Tengo una amiga que por alguna razón bajó de un camión en Israel una cuadra antes de que éste explotara sin que ella supiera que ésto sucedería. Se de personas que tuvieron algún contratiempo para llegar temprano a las Torres Gemelas el 11/11.

¿Se poncha una llanta? ¿Se acabó la gasolina? ¿Se fué el camión? Dí ¡Gracias Señor!, probablemente te está protegiendo. «No hay mal que por bien no venga» para los que amamos a Dios.

¿Recuerdas algún evento desafortunado en el pasado que Dios lo usó para tu bien?

TU TIEMPO ESPECIAL.

«Nadie se había dado cuenta de que ese sencillo acto sostenía la armonía entre todos los habitantes del pueblo. Cada mañana, al despuntar el sol, las mujeres de ese pueblo africano caminaban media hora con su canasta de ropa al hombro para ir a lavar al río. Mientras tallaban sobre la piedra, ensimismadas enhebraban pensamientos y reflexiones; conversaban, se conectaban, aprendían, reían y escuchaban historias. Después de dos horas, no sólo regresaban con ropa limpia, sino también con algo más en el corazón, que las llenaba de fuerza y que compartían con su familia.

Un día, la civilización llegó, el río fué entubado y esa corriente de recreo, de encuentros y recuperación se secó. Aunque el agua la bombeaban del pozo, la alegría de la población también se secó. A las mujeres se les veía tristes, irritables y desanimadas, y comenzaron los pleitos, los desencuentros y las separaciones en la población. El pueblo nunca volvió a ser el mismo».

Como esas mujeres africanas, todas necesitamos ir al río a nutrirnos; a ese lugar donde podemos tener un encuentro con nosotras mismas, con Dios y recuperar el balance. Necesitamos recoger los pedazos que a diario tejemos y que las exigencias de la vida se encargan de rasgar. Podemos hacerlo a través de la lectura de la Biblia, de un buen libro o un buen blog 🙂  por medio de la oración, el arte, las manualidades, la compañía del ser amado, la contemplación de la belleza, el campo, el mar, el amanecer o la soledad.

Copiado y adaptado del libro de Gaby Vargas, «Soy mujer, soy invencible y estoy exhausta». Editorial Aguilar.

Artículo relacionado: «El gran Intercambio»

¡HOLA MAR!

Cada vez que mi mirada se posa sobre el mar por primera vez al llegar a alguna playa, casi sin pensarlo exclamo: -«¡Hola Mar!». Mi mamá siempre saludaba al mar, así que creo que es algo que simplemente aprendí de ella.

El Mar es «alguien» tan amado y especial para mí, a quien disfruto ver sin cansarme.

Para mi es casi como un ser. Un ser inmenso, bello, cambiante. A veces azul intenso, que es cuando me gusta más. A veces apacible y claro. Algunas pocas he sentido como si estuviera enojado y me provoca respeto y temor.

De muy pequeña caminé muchas veces a la orilla del mar de la mano de mi abuelo. Todavía recuerdo una ocasión, cerca de la casa de la playa, en que estaban realizando una construcción sobre el agua cerca de la orilla y había muchas máquinas y mi abuelo, quien gozaba de un exquisito sentido del humor, me dijo: «- Mira, ahí es donde le echan la sal al mar». Y yo, le creí.

Con mi mamá pasé interminables horas recogiendo conchitas en la orilla de la playa. Las recogíamos «hasta que nos cansábamos». Todavía cuando mis hijas estaban pequeñas podíamos recogerlas si nos levantábamos temprano. Durante la noche, las olas nos las dejaban. Algunas grises, otras jaspeadas. También caracoles de mil formas y tamaños diferentes que luego pintábamos y decorábamos.

Hoy me levanté temprano y caminé por la orilla del mar… ya no hay mas conchitas. Había un pez grande, muerto.

Al Mar le platico mis cosas, y creo que le he escuchado susurrarme nuevos planes y le confío mis nuevas metas.

Es tan inmenso y poderoso, que parece que percibiera a Dios en el. Tal vez es lo más parecido a Dios que conozco. Tan profundo y rico. Abundante. Incontrolable. El mar es vida. Cubre la tierra y está en todas partes. Me cohíbe su grandeza pero lo amo. Sólo quien le conoce y le confía puede abandonarse y flotar, simplemente dejándose llevar por el oleaje. Lo mismo pasa con Dios. Solo cuando uno le conoce profundamente, puedes equilibrar ese temor saludable, con la confianza de quien sabes no te traicionará. Y es entonces cuando disfrutas plácidamente el paseo por la vida, libre de temor, a donde El te lleve.

No solo el mar me hace pensar en Dios. También me hace pensar en la vida misma. Algunas veces, la vida nos trae cosas hermosas como las conchitas y los caracoles. Pero también, algunas otras, nos deja «aguas malas» o «peces muertos». Pero aún así, la podemos disfrutar, y vivir la experiencia inolvidable, como unos días en la playa.

Cuando me voy, siempre me despido del mar también. Nunca sé cuándo me reencontraré con él, ni en donde. Pero siempre albergo la esperanza de regresar a platicarle lo que ha pasado y compartirle nuevos planes. Y si algún día yo no vuelvo, se que así como a mí me lo enseñó mi mamá, mis hijas regresarán a saludarle.

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